El pasado 24 de julio China y la Unión Europea celebraron el 50 aniversario del establecimiento de relaciones diplomáticas. Lo hacían con una cumbre -la 25ª- que debería haber sentado las bases para encaminar, hacia un marco relacional de más calma, las tensas relaciones existentes entre ambos. Sin embargo, el encuentro tuvo más de ejercicio simbólico que de verdaderamente transformador y puede calificarse de oportunidad perdida para un reinicio de las relaciones y adaptación a un contexto internacional mucho más complejo que cuando Bruselas y Pekín comenzaron a trenzar sus vínculos en 1975.
Pero quizá no podía ser de otra manera debido a los problemas estructurales que la relación ha ido acumulando en la última década. Años en los que las prioridades geopolíticas han ganado peso y las relaciones económicas han ido definiéndose por un proteccionismo de nuevo tipo.
Sin duda, la marcada posición atlantista y crítica con China que representan Ursula von der Leyen y Kaja Kallas -presidenta y vicepresidenta de la Comisión Europea respectivamente- suponen un problema en el entendimiento de Bruselas con Pekín. Problemas de entendimiento que, sin duda, están agravados por la relación sino-rusa en la guerra de Ucrania, el déficit comercial europeo en su comercio con China y las dificultades de acceso de las empresas europeas al mercado chino.
Todo esto es verdad, pero también es cierto que la pauta marcada por Xi Jinping en la reunión mantenida con la presidenta de la Comisión Europea y el presidente del Consejo Europeo, Antonio Costa envía señales interesantes. La intervención de Xi apunta a la necesidad de entendimiento entre China y Europa en un panorama internacional turbulento. Costa se manifestó en una línea similar al dirigente chino, enfatizando en la necesidad de profundizar en la relación bilateral sobre el logro de avances concretos para abordar los desafíos comerciales y económicos.
Avanzar en cuestiones concretas sobre temas tan complejos como las exportaciones de vehículos eléctricos, el acceso al mercado chino para los productos y servicios europeos o el control de las exportaciones de tierras raras, exigen una posición de partida marcada por el deseo de encontrar puntos comunes y la voluntad de construir una relación cordial. Sin voluntad de acuerdo no es posible avanzar.
Los problemas se retroalimentan. Como ha señalado Jens Eskelun, presidente de la Cámara de Comercio de la Unión Europea en China “importa lo que sucede en Washington, pero es importante tener en cuenta que Europa tiene sus propios problemas con China, y estos problemas no desaparecerán solo porque tengamos a Trump en la Casa Blanca”. Una observación imprescindible para quienes han venido defendiendo que los problemas para la UE desde Estados Unidos podrían ser un elemento suficiente para incentivar un acuerdo con Pekín.
Además de los intereses de Pekín y Bruselas y de los diferentes Estados miembros en su relación con la República Popular, hemos de tener en cuenta la agenda política de los integrantes de la Comisión Europea. Este complejo puzzle exige de un consenso sobre principios que puede tardar tiempo en llegar.
Más allá de la dimensión de la alta política comunitaria hacia la República Popular, conviene estar al tanto de otras señales que se dan en la relación UE-China. Señales como las que llegan de la Cámara de Comercio de China ante la UE y que demanda a los líderes de ambas partes que “los vínculos económicos no estén secuestrados por la geopolítica” y la relación UE-China sirva como estabilizador mundial; o los resultados de la encuesta anual elaborada por la Cámara de Comercio de la Unión Europea en China que, aunque el titular resalta que la confianza de las empresas europeas en la República Popular se sitúa en mínimos históricos se apunta también a que un porcentaje cada vez mayor de encuestados reconoce deslocalización de actividades a China evidenciando la apuesta de las multinacionales europeas por la estabilidad y robustez de las cadenas de suministro en este país.
Finalmente, otra evidencia de interés para el análisis de las relaciones sino-europeas es la evolución de la inversión china en Europa. Según un estudio de Rhodium Group, la IED china en Europa se recupera por primera vez desde 2016 y aunque la inversión china en Europa sigue siendo pequeña, en relación al volumen total de la relación comercial sino-europea, conviene poner de manifiesto que la inversión en 2024 supuso un aumento del 47 % y es una tendencia que convendría observar.
A comienzos del mes de julio, una delegación de alto nivel del Gobierno de Navarra, visitó Lanzhou, Pekín y Shenzhen manteniendo reuniones con distintos niveles de representación política, agencias estatales y empresas. Mientras Bruselas y Pekín definen como será su relación en los próximos cincuenta años, Navarra puede dar pasos concretos en su proyección como territorio. Abrir nuevos espacios de conversación y diálogo con contrapartes chinas, impulsar flujos comerciales de ida y vuelta, impulsar acciones orientadas a la localización de la producción de empresas chinas en Navarra, desarrollo científico-técnico conjunto y un programa de diálogo cultural. Porque paso a paso, Navarra puede así, al tiempo que trazar su propia agenda, contribuir positivamente a la relación entre la Unión Europea y China.
Por Andrés Herrera-Feligreras, socio director de HERRERA ZHANG