La tradición escrita de los autores clásicos está llena de términos que nos evocan lo rápido que pasa el tiempo. Los días vuelan, tempus fugit, cuando están referidos a un término positivo, y nos invitan a aprovechar la vida de la mejor forma posible, carpe diem. Sin embargo, cuando el tiempo mide la duración de una situación negativa se ralentiza hasta hacerse eterno. Estos últimos seis meses han tenido mucho de esta última versión en todo el mundo, pero principalmente en India. El desarrollo de los acontecimientos ha ido transcurriendo lento pero inexorable, cumpliendo paso por paso los presagios que podíamos augurar los que íbamos unos capítulos por delante de este curso acelerado sobre la pandemia.

Hemos analizado en publicaciones anteriores la complicada situación que se estaba generando en el país debido a su incapacidad de hacer frente a la extensión de la enfermedad debido a su carencia de recursos sanitarios, a su superpoblación y a las carencias higiénicas. La sucesión de confinamientos y restricciones no han hecho más que parchear una brecha que cada día se va haciendo más y más grande y difícil de controlar.

La economía no podía sino reflejar más pronto que tarde los efectos de la prolongación de esta situación. Cabe recordar que, durante los primeros meses de pandemia, debido al limitado impacto de la misma las previsiones de crecimiento del PIB todavía se hallaban en terreno positivo. Posteriormente, las previsiones fueron revisadas hacia un -5% interanual, cuando ya se entendió que India no podría escaparse al impacto del COVID.

Esta semana la publicación del PIB del primer trimestre fiscal indio (abril-junio) ha sido devastador. La caída del 23,9% (25,6% según el FMI) de la economía en relación al mismo trimestre del año anterior ha superado la peor de las estimaciones, y batido todos los registros tanto nacionales como internacionales. India se sitúa como la economía G20 más golpeada por el Coronavirus a nivel mundial y rebaja sus estimaciones anuales al -10%.

Como en una tormenta perfecta, sectores que se consideraba que habían tenido un buen rendimiento han reflejado registros peores de lo esperado, mientras que aquellos en los que se daba por hecho su hundimiento, lo han cumplido con creces.

El sector agrícola, pese a haber podido disfrutar de una cosecha de record se ha visto damnificada por un desplome en la demanda y por los problemas derivados de las restricciones logísticas. Pese a todo, fue el único sector que pudo mantenerse en números negros, con un crecimiento del 3,4%.

A partir de ahí, el desplome ha sido generalizado. El sector de construcción sufrió una contracción del 50,3%, similar al 47% sufrido por el sector servicios, encabezados por el sector hotelero, comunicaciones, transporte, etc.

El sector manufacturero no se ha salvado de las malas noticias, sufriendo un descenso del 39% con respecto al mismo periodo del ejercicio anterior. Igualmente la actividad inversora ha sufrido un desplome de un 47%, significando una opción por las empresas de mantener el “modo supervivencia” antes que optar por ningún tipo de expansión.

Sin embargo, un análisis más pormenorizado de las estadísticas hace presagiar que la realidad es todavía peor. El retraso en la publicación de las estadísticas del primer trimestre (cerrado el 30 de junio) se debe a la posibilidad de las empresas para declarar sus impuestos indirectos hasta el 30 de septiembre a consecuencia del confinamiento prolongado. Es por ello que todavía faltan muchas empresas por anunciar sus resultados, y en especial las más perjudicadas. Debido a esta circunstancia, el propio gobierno anunció que las mencionadas cifras eran provisionales y podrían ser revisadas en los próximos días (evidentemente a la baja).

En segundo lugar, las estadísticas oficiales no reflejan la economía no organizada que, por supuesto, ha sufrido aún más las consecuencias del cierre económico.

Evidentemente, al margen de los grandes anuncios realizados por el Gobierno Modi en el pasado, la economía ha sucumbido a las consecuencias de la pandemia. Analizando las causas de esta mala cifra en comparación con otras economías, el motivo principal es evidente. La reactivación de la economía sin atajar el desarrollo del virus es, simplemente, imposible.

Las empresas y los consumidores han sufrido las consecuencias de los continuados confinamientos y restricciones de movilidad sin que ninguno de ellos haya servido prácticamente para nada. La falta de disciplina y la incapacidad para promover el aislamiento social han echado a perder los sacrificios de los cierres consecutivos. Un alto precio para ninguna recompensa.

India presenta un enorme sector informal en comparación con el resto de economías del G20. A diferencia de éstas, el apoyo recibido por parte del sector público ha sido muy escaso, por lo que muchas de ellas se han visto abocadas a situaciones límite. Por motivos obvios, las pequeñas empresas domésticas del sector no organizado indio tienen una resiliencia muy inferior a cualquier empresa occidental con cobertura social.

Estas cifras han sido todo un golpe de realidad a la política del Gobierno Modi. La opinión pública se ha visto sorprendida de forma generalizada por la magnitud de las noticias y demanda una reacción que permita reactivar la economía y parar la pérdida de empleos. Todo ello mientras las cifras de la pandemia baten records de casos diarios, ya no nacionales, sino de cualquier país a nivel mundial. El reto se plantea épico, si no imposible.

Probablemente, ante tan complejo escenario, India debería replantearse sus prioridades y promover más los programas de atracción de la inversión y generación de empleo por encima de las medidas proteccionistas o de fomento de la producción local.